martes, 14 de febrero de 2012

Tito Castilla siente que Diomedez Diaz le pagó mal.



La expresión adusta de José del Carmen Castilla Villero, Tito Castilla, difiere del siempre sonriente cajero que aparecía a la sombra de Diomedes Díaz en la gran mayoría de sus presentaciones.
Podría calificársele como un hombre parco que no se inmuta ni por la barahúnda de los estudiantes de la Santo Tomás, sus nuevos vecinos en Bogotá. Paradójicamente, se percibe un halo silencioso en el céntrico apartamento capitalino, en el que las relaciones con Valledupar corren por cuenta de un par de mecedoras, algunas mochilas arhuacas,dos popochas María Namén, los recuerdos de Castilla y un retrato ampliado de los viejos Rafael María y Elvira, los papás del Cacique, sus suegros. Ni siquiera se advierte una caja.
En dicho habitáculo se refugió hace año y medio el cajero vallenato, indignado por una ofensa que le asestara Diomedes en plena presentación en Santa Marta, cuando estellamó a sus músicos “partida de loros”, recriminándolos por un supuesto error musical que causó cierta vergüenza en el acto. Ese día en que el cantante estrenaba ‘Listo pa’ la foto’, en la capital del Magdalena, decidió prescindir de los servicios de su cajero de toda la vida, pidiéndole que se bajara de la tarima.
Tito no lo pensó dos veces, y una vez terminó la tanda, se bajó para no volver. Pero no solo se bajó el percusionista, sino el cuñado, el amigo, el compadre y el hermano de crianza, pues las vidas de Díaz y Castilla han avanzado paralelas.
Se conocieron en la capital del Cesar en los tiempos en que Diomedes buscaba una oportunidad para despuntar como cantante y Castilla desafiaba la autoridad de sus padres golpeando cualquier cosa que sonara como una caja, porque estaba empeñado en seguir los pasos de su abuelo Cirino y de sus tíos Dimas y Rodolfo.
Rebeldía que a la postre no fue muy prolongada, pues quienes se oponían a que Tito siguiera la carrera de músico, fueron los mismos que le regalaron su primera caja de verdad.
Tito Castilla parece bajar la guardia cuando habla de los recuerdos de infancia que recrean sus inicios en el golpe de caja. Suelta entonces una sonrisa y la sostiene en la década de los setenta, cuando se presentó por vez primera en el Festival de la Leyenda Vallenata, en la categoría infantil. Acompañaba al pequeño y consentido acordeonista Gonzalo Arturo Molina, a quien no podía faltarle un estimulante muy poderoso: el tetero. La sonrisa de Castila se amplifica cuando revela que al Cocha, que no contaba en ese entonces con más de siete años, tenían que pasarle el biberón después de cada canción tocada.
Cuando esa primera aparición en festivales, Tito ya participaba en cuanta parranda hubiera en Valledupar, encuentros que amenizaban personajes de la talla de Emiliano Zuleta Baquero, Pacho Rada y Lorenzo Morales. Al impúber Tito lo llamaban a tocar a cambio de cualquier moneda de cinco centavos, y de moneda en moneda, el pueblo vallenato presenciaba que uno más de los Castilla del barrio Cañaguate ya era digno heredero de los saberes del viejo Cirino, aquel que falleciera en una mañana del festival del 72 luego de infartarse en pleno toque al lado de Zuleta Baquero.
Ese día, Tito vio muy temprano que su abuelo salaba y raspaba el cuero del chivo para forrar la caja, lo observó amarrarla con cabuya y erguirla victorioso: “esta caja sí esta buena, hoy la voy a probar con el viejo Emiliano en la plaza”. El octogenario Cirino salió orgulloso a la calle, para regresar al poco rato doblegado en sus estertores.
De tanto ver y escuchar a los mayores, y al cabo de muchos golpes de tambor, Tito se graduó como cajero en un disco que grabaran Armando Moscote y Poncho López, el llamado rey de los bajos, de la dinastía López, de La Paz, siendo justamente en el grupo de los Hermanos López en el que Castilla siguió su carrera; allí Diomedes hacía los coros y Freddy Peralta era la voz principal.
En ese entonces, ya se advertía la unión del Cacique de La Junta con el Elberto ‘el Debe’ López, pues ambos alternaban como cantante y acordeonista durante las presentaciones del grupo principal.
Recuerda Tito que un día los directivos de la CBS llegaron a la casa de su tío Rodolfo para cuadrar la grabación de un disco de Jorge Oñate y Colacho Mendoza, pero que la gente de la disquera tenía también la intención de escuchar la joven voz de Diomedes.
Este le había pedido a Tito que durante la visita pusiera a sonar bien duro ‘El chanchullito’, el disco ya grabado en Medellín al lado de Náfer Durán. “Compadre, si se dan las cosas, usted será mi cajero”, le vaticinó Díaz Maestre a José del Carmen Castilla.
El vaticinio se inició con la producción del álbum ‘Tres canciones’, y se prolongó durante más de tres décadas, hasta el colofón abrupto de la presentación de marras en octubre del 2010. “Toda una vida juntos en la que pasamos las verdes y las maduras para que Diomedes me haya sacado del grupo, y sin un solo peso”, se lamenta el cajero.
Entonces, Tito Castillo suelta un par de revelaciones que para pocos es un secreto: por un lado, las diferencias astronómicas en las ganancias de los cantantes, y a veces de los acordeonistas, frente a los demás músicos; y por el otro, la presencia de los mánagers y empresarios que en la umbría se quedan con la tajada más grande del negocio. Como muchos de su profesión, a Tito Castilla le ha tocado sostenerse con recursos ostensiblemente inferiores, como de caja menor.
En la memoria quedaron incontables vivencias: los conciertos provinciales en caseta de los primeros años, el cénit de la gloria al lado de Colacho y de Juancho, y las penurias solidarias que en cierta ocasión la agrupación vivió junto al Joe Arroyo en una gira conjunta por varias ciudades, cuando anduvieron por Neiva, Villavicencio y Bucaramanga, lugares donde fue exigua la asistencia de público. En la cuarta ciudad, que Tito no recuerda, el Joe les dijo: “Muchachos, si aquí no viene gente nos va a toca’ presentarnos en los parques a ver si recogemos lo de la comida y el transporte”.
Tito no olvida que alguna vez en Sincelejo a él y a sus compañeros casi los levantan a plomo porque Diomedes no llegó, pero tampoco que el Cacique no le falló con su pago sagrado durante el año y medio que estuvo incapacitado tras salvarse de milagro en el siniestro aéreo de noviembre del 94, en El Tigre, Venezuela. Aciago episodio en el que también sobrevivió el guacharaquero Jesualdo Ustáriz, pero que infortunadamente cobró la vida de Juancho Rois, Rangel ‘el Maño’ Torres y Eudes Granados.
Al nieto de Cirino no lo mataron ni el fatídico accidente, ni las noticias de prensa que lo contaban entre las víctimas mortales. A él lo está matando el olvido de su amigo y cuñado, de quien no se ha preocupado por saber cómo vive en Bogotá o por reconocerle una indemnización consecuente con media vida de trabajo y medio mundo recorrido a su lado.
Por eso, Castilla entabló una demanda laboral en contra de la estrella vallenata y del empresario que lo llamó “músico ocasional”, grave ofensa para el percusionista que, a excepción de Náfer Durán, acompañó a Diomedes con todos sus acordeonistas y por cada rincón.
La caja regresó a los dos días, aclara Castilla que se la tenía prestada a un alumno que sueña con emularlo. El artista la toma y la presiona entre sus piernas, luego deja escapar la sonrisa que se pierde cuando se envuelve en sus desventuras.
Sus manos blanden y suenan los golpes de los cinco aires; golpes de caja que también son como un llamado a la conciencia de Diomedes Díaz, el hombre que, a pesar de todo, es su amigo, el hermano de su mujer, el tío de sus hijos y el padrino de uno de ellos.
Aunque Tito Castilla considera que Diomedes Díaz es el más grande artista de la música vallenata, por su canto, por compositor, por repentista y por ‘showman’, está seguro de que, aunque se lo pidan, nunca volverá a su agrupación musical. Así el litigio laboral se resuelva, para Tito Castilla será muy difícil perdonar la ingratitud y la afrenta.

Fuente:  César Muñoz Vargas, Eltiempo.com

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